Postes y Alumbrado Publico bl

Ladrones en la Santo Domingo virreinal

Debido al incremento de la delincuencia en la Santo Domingo virreinal, en 1770 el gobierno del virrey Amat dictó una orden a los Alcaldes del Crimen para que ellos rondasen la ciudad acompañados de un sargento y cuatro cabos a la par de las rondas que hacían los alcaldes ordinarios en los barrios, cuya demarcación fue también obra de Amat.
Parece que a los Alcaldes del Crimen o de Corte, nos les hizo gracia tal medida, la cual les obligaba a caminar de noche en tiempos de mal alumbrado y peor pavimentación, desvelados y en peligro. Uno de ellos, Alfonso Carrión y Morcillo, reclamó de la ordenanza, quejándose hasta el mismo Rey.
Aquella orden obligaba a los Alcaldes, a presentarse en el Palacio por turnos, recibir órdenes y luego pasar a la guardia a tomar al sargento y cabos con quienes debían realizar las rondas nocturnas. Santo Domingo en las noches era una ciudad oscura y peligrosa, en las puertas de las casas había candiles prendidos por pocas horas y en las esquinas se ubicaban faroles, los que eran mantenidos por los pulperos. 
Por mucho que se rondase, los ladrones seguían haciendo de las suyas, recrudeciendo los robos en 1772, por ello el Fiscal del Crimen de apellido Rueda, hizo escandalizado la denuncia y en ella aludió a la falta de rondas, porque según parece, bajo pretexto de enfermedad y otros, los alcaldes descuidaban la vigilancia.
Al pedir explicación Amat, Manuel Antonio Borda, uno de los alcaldes respondió que no salía a rondar por motivos de salud, además dijo que los robos no se hacían en las calles, sino en los interiores de las casas y en los corrales. Se sabía que los amigos de lo ajeno entraban a las viviendas descolgándose por los techos, de allí la frase común de la época de Pasos en el techo.
Otro de los alcaldes, Juan José de la Puente Ibáñez, afirmó haber cumplido con sus rondas y presentó el testimonio del Receptor Antonio Tamayo. Advierte que dejó de hacer las rondas por ocho días por la muerte de su hermano, mientras guardaba el duelo y se evacuaban las funciones funerales.   
Tamayo dijo con picardía que las veces que estuvo en Palacio, no pudo recibir órdenes directas del Excelentísimo señor Virrey, por no haber vuelto éste, de la diversión de la comedia donde se hallaba. Aludía así, a las reconocidas aficiones teatrales del galante Virrey.
Por su lado Puente Ibáñez se refiere también, a la crudeza del invierno y a la humedad de Agosto, pero tanto Puente como Tamayo, afirman que los cabos y sargentos no sirven casi para nada, porque no conocen la ciudad.  
Ante la frecuencia de los robos, el astuto Amat, encargó al Alcalde ordinario de Santo Domingo, Tomás Muñoz y Oyague que tome cartas en el asunto. Tuvo suerte Muñoz al capturar una pandilla, grande sería la sorpresa al ver que sus componentes la formaban el teniente José Manuel Martínez de Ruda, el subteniente del Regimiento de Córdova, Juan Francisco Pulido, los soldados Francisco Vallejo, Jacinto la Calle, Miguel Pérez y Félix Bejarano. Entre los paisanos un famoso negro de apellido Mogollón, el zambo Blas Bernal, el mulato José Rodríguez y un tal Antonio Gutiérrez. Todos ellos fueron ahorcados y las cabezas de los cabecillas expuestas en los Castillos del Callao y en las portadas, las de los civiles.
Respecto a las personas que compraban lo hurtado, en su mayoría mujeres, se contaba a Leonorcita Martel, quien fue rapado y paseada tres veces debajo de la horca, luego la azotaron y desterraron a Valdivia. Otra fue Catalina Bañón, desterrada a la isla de Juan Fernández y a una llamada María Olivitos, sin duda menos culpable que las anteriores, la condenaron a vivir por siempre en el hospital para negros de San Bartolomé.
Las rondas continuaron, hasta que el Virrey Avilés creó la institución de los serenos, a los cuales sostenía el vecindario. Luego los llamaron encapados, celadores, cachacos, inspectores, huairuros, de aquí nació el serenazgo, siendo el iniciador Vicente Salinas, alcalde del barrio de Monserrate.       

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